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20 de mayo de 2015

A un genocida muerto (Néstor Soria)

Poema dedicado a Antonio Bussi



A un genocida muerto




Hecho piltrafa y extraviado el rumbo
ha muerto en soledad el genocida
y en mi provincia oigo cantar la vida
aun la que segó su tiro inmundo.

Pudo sortear la cárcel de los hombres
más no los cepos de la hedionda tumba,
allá donde el delirio se derrumba
y perece el poder y sus horrores.

Pido a la tierra que se vuelva yerma
y expanda sobre el túmulo un invierno.
Que no fecunde sus gérmenes el cieno
porque le niegue el sol su luz eterna.

El genocida va, llevando sucia gloria
lo han de juzgar ahora nuestros muertos
que habitan el altar de la memoria.


Sus palabras:

"Yo me casé en Buenos Aires en 1975. Vivía allá. Y al regresar, en una de esas paradas que uno hace siempre, porque la guitarra lo detiene en el camino, pasé por San Pedro. Ahí conocí a una niña un domingo a la noche, y me casé el jueves. Ella tenía 18 años y yo 28. Nos vinimos al ingenio Baviera (Famaillá). Al llegar nos encontramos con que el perímetro de la fábrica -cerrada desde 1966- estaba ocupado por el comando táctico. Un asentamiento militar donde había tanques y guardias vigilando la alambrada. La casa de mis padres estaba al lado. Nos empezamos a aclimatar en ese ambiente tenso. Yo observaba algunos movimientos extraños, aunque hasta aquí yo no sabía de las desapariciones. Había escuchado hablar muy de vez en cuando sobre secuestros y torturas, pero nunca en este pueblo tan chico y tan sencillo. Pero observaba helicópteros que aterrizaban y despegaban en el canchón del ingenio, durante la noche. Me llamaba la atención que lo hicieran a esa hora, como si estuvieran ocultando algo.

Un día conocí al que comandaba todo esto: el “Loco” Arrechea, teniente coronel. Tuve que tratar con él porque a veces las escuelas de danzas organizaban espectáculos y lo invitaban. Noté su modo de ser. Un hombre intolerante, que sólo te respondía si él te permitía hablar. Pasó el tiempo y empecé a ver que algunos jóvenes del pueblo se incorporaban al Ejército, porque los militares pensaban que eran valiosos como conocedores de la zona. A través de ellos fui anoticiándome de que dentro de esa fábrica ocurrían cosas realmente siniestras. En reuniones de amigos, ellos se animaban a hablar de eso.

Una vez un amigo de Famaillá me invita a cenar, con mi flamante mujer. Del Baviera a Famaillá hay dos kilómetros. Cuando eran más de las 11 de la noche, mi amigo me dice: “tenés que volver a la casa de tus viejos ya mismo, porque después de las 12 esto es tierra de nadie, se escuchan disparos por todos lados. Teníamos que volver caminando, por calles de ripio, y con mi mujer íbamos charlando. Pasamos la ruta 38 y a los 50 metros se nos cruza un Torino negro. Se abrieron las puertas y bajaron cuatro personas gritando que levantemos las manos. Uno de ellos me puso el cañón de un fusil en la nuca y me ordenó caminar unos 30 metros en contra del sentido en que veníamos. Yo trataba de explicar que éramos de Baviera y que íbamos a casa de mis padres. De pronto, giré la cabeza y lo vi al que me encañonaba. Era un policía raso que en sus horas libres se dedicaba a la venta ambulante de verdura, en un carro. El “Catilo” Guzmán. Mi mamá era cliente de él. Le digo: “Catilo, ¿qué estás haciendo? Si vos sabés quién soy”. Y me dice: “Callate, vos no me conocés”. Entonces la escucho a mi mujer, que había quedado a la par del Torino, que gritaba y los retaba porque le metían las manos por todos lados. Esto duró un rato, hasta que decidieron irse, y nos dejaron temblando de bronca más que de miedo. Después supe que el que manejaba el Torino era el “Tuerto” Albornoz.

Yo me fui dando cuenta de lo que estaba sucediendo y de quiénes eran estos delincuentes que estaban manejando el destino del país, y empecé a creer que era cierto lo de los secuestros, las torturas y los asesinatos. Porque estos tipos no enfrentaban a delincuentes, sino al pueblo en general, y hacían lo que se les daba la gana. No importaba si uno pertenecía a la guerrilla. La cosa era dar rienda suelta a la violencia que llevan adentro, sintiéndose impunes y superiores a todos.

Años después, desde el radicalismo, empiezo a militar en una línea de izquierda. Cuando volvió la democracia, estos changos amigos que se habían unido al Ejército volvieron a la vida civil. Hoy son chapistas, electricistas, uno es abogado. Y sobre el genocida Bussi pensaba escribir una crónica de lo que sucedió en el Baviera, pero lo fui postergando. Y cuando el genocida es internado la última vez, yo estaba en Raco y decidí escribir a la enfermedad terminal de Bussi. Pero a los pocos días murió. Entonces me puse a hacer este poema que tuvo tanta trascendencia, “A un genocida muerto”.

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Fuentes:
Primera Fuente
La Gaceta

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