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27 de junio de 2011

Infancia en el monte

Un relato para disfrutar con nuestros niños o con el niño que siempre seremos


Cuando éramos niños, juntarnos a jugar nos llevaba bastante del tiempo que sobra en el monte y en la infancia.  Las casas estaban muy separadas, como a una distancia de varias cuadras, pero por senderos que suben y bajan.  Alguno comenzaba a caminar hacia la casa de otro y de ahí salían juntos a buscar al tercero y así.

Una tarde uno comenzó a hacer un pozo en la tierra con un palo, y mientras conversábamos el pozo se iba agrandando.  Al verlo con tan buena forma a alguien se le ocurrió llenarlo de agua, y fue y volvió varias veces acarreando agua del río en una lata que encontró en la cocina a la que le habían hecho una manija de alambre.
Al ver que el pozo no se llenaba y el agua se escurría otro quiso aprovecharla y decidió hacer barro echando dentro del pozo un poco de la tierra suelta que había quedado alrededor y así, revolviendo, empezó a formarse una crema de chocolate ¡sentimos el dulce perfume mientras seguíamos mezclando aquella maravilla! y comenzamos a buscar por todos lados otras cosas que nos puedan servir.
Alguien agarró un poco de aquel chocolate y girándolo cuidadosamente entre sus palmas hizo una bolita perfecta y la colocó en medio de una bandeja de piedra, luego hizo unas cuantas bolitas más y las fue acomodando alrededor de la primera hasta llenar la bandeja ¡Qué espectáculo! y aún más impresionante cuando decoró cada bombón con dos hojitas de yerba buena.
Otro trajo unos piononos de hojas grandes y gruesas, los estiró bien, colocó una generosa porción de chocolate bien desparramado sobre cada uno, los enrolló y los ató con una hebras de corteza verde.
Otro trajo del río unas piedras casi circulares bastante difíciles de conseguir, y se puso a armar alfajores con relleno y cobertura de chocolate, cada alfajor tenía su propio plato de corteza de eucaliptus.
El que acarreaba agua, al final en vez de echar el agua al pozo, echó un poco de chocolate espeso dentro de la lata, y al diluirse con el agua la lata quedó repleta de chocolatada fresca, justo lo que se necesitaba en un día de verano como ese para acompañar los manjares que habíamos preparado.
En eso se acercó uno de los hermanos más grandes y casi se desmaya del susto al ver tal desparramo de chocolate por todos lados, pero pronto conquistado por el aroma quiso probar y con una dulce sonrisa marrón nos dijo que entremos a la casa a tomar la merienda.  Tanto habíamos comido que apenas pudimos dar unos tragos al mate cocido, y aunque el pan casero nos encantaba ese día casi ni lo probamos.


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Mi hijo: ¿de verdad salía chocolate del pozo?
Yo:  Si, de verdad

Mi hijo: ¿puedo intentar hacer lo mismo yo?
Yo: Si, por supuesto... un día de verano podes intentar ; )

4 comentarios :

  1. Mi Tucuman, como me hiciste recordar
    cuando con los chicos del barrio
    haciamos tortitas de barro y las
    adornabamos con hojas y piedritas.
    Con que poco nos entreteníamos y la
    felicidad la compartiamos con pequeñas cosas. En mi otro blog de
    vez en cuando tambien le mando algunos de mis relatos y vivencias
    y alguno que otro poema de puro
    corajudo nomás, no tengo estudios de
    literatura. Humildemente me dedico
    a la plástica.

    Un abrazo

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  2. Roberto: todavía siento esa felicidad que decís cuando me doy tiempo de “jugar con barro”, con ganas, con alma y vida... pero disimulo un poco con la escusa de que estoy cuidando las planta.. . jejeje

    Un abrazo

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  3. PATRICIA E.16 julio, 2011

    Un relato simple, pero complejo de lindas situaciones que crean los niños. Jugar con tierra y agua...creando el barro y por consiguiente la famosa TORTITA DE BARRO O CHOCOLATE... QUÉ HERMOSOS RECUERDOS, NUESTRAS MANOS ESTABAN SUCIAS PERO LLENAS DE ILUSIONES, FANTASIAS Y RISAS QUE JAMÁS OLVIDAN.-

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  4. Así es Patricia... ¡jugar con tierra y agua es un placer! : ) Un abrazo

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